La Navidad, con todos sus encantos, con todos sus ensueños y alegrías, se acercaba ya. Las mañanas eran frías, las tardes lluviosas; pero, a pesar del mal tiempo, había gran animación en las calles del centro de la ciudad de Los Angeles. Mis dos niñas estaban embelesadas, no hablaban de otra cosa; sino de aquel buen viejecito de barba y cabeza blancas, de mejillas sonrosadas, vestido de rojo, sonriendo siempre a la multitud de chicuelos que llegaban a su lado a pedirle mil cosas. Mis dos hijitas estaban siempre deseosas de hacerle una visita, porque quieren mucho a este buen señor. Aunque yo no tuve el gusto de conocerlo allá en mi ciudad natal, porque este viejecito nunca va a ningún país de habla española, mis dos niñas lo conocen muy bien, porque nacieron aquí y sienten por él un vivo afecto. Así, año tras año, se sientan en sus rodillas, gozosas y felices, para hacerle la petición de todo lo que quieren. ¡Oh, bendita Navidad, que hace nacer las ilusiones blancas en las almas en flor; que pone sonrisas en las bocas de grana; que llena de alegrías y de esperanzas el fantástico palacio de los ensueños de los niños! Los escaparates de las tiendas, llenos de luces y juguetes, atraían las miradas de los chiquillos, y yo, caminando a la ventura de aquí para allá, con una niña a cada lado, gozaba oyendo su charla infantil que me hacía sonreír.